El sueño es una nube atrapada entre los árboles. Estoy despierto, es madrugada y no hay manera de soltar las amarras y descansar.
No ocurre siempre pero, hay noches que la bóveda del cráneo se asemeja a un planetario y las ideas y recuerdos brincan y corren como enfermos de un manicomio donde el nombre de su director abre la lista de pacientes bajo tratamiento.
Cuando esto pasa, la cama se llena de espinas y ni la acompasada respiración de mi hermosa pareja, corriendo desnuda por paisajes propios y profundos, logra el milagro de quedarme horizontal, como manda la tradición y el buen dormir.
Siempre me queda el cielo de la noche, las montañas que dan al norte de donde baja una brisa fresca con olores vegetales y el mar desparramado hacia el sur como animal vivo y misterioso que no cesa de moverse inquieto hasta encontrar la calma en una playa de grandes rocas muchos cientos de kilómetros, tirando recto desde el balcón de casa, en Argelia, donde tal vez otro noctámbulo se fuma un pitillo en aquella orilla imaginando cómo será el vecino español que tiene en frente, más allá del ángel tutelar que extiende velos de algodón sobre la rosa de los vientos.
La misma rosa de la que soy hijo. La que gira y gira como peonza. Aspersora, inmensa.
Regando gotas de nuestra existencia como abono cósmico en la Tierra.
La misma que siento bajo los pies gritando que me quiere.
Tengo muchas madres bajo la piel. Muchas abuelas recordándome buenos modales.
Mirando mi obra a través del cristal de los espejos.
Marcando el tono de los pasos en los pasillos del destino.
Desplegando velas invisibles para que cada día burle las brújulas y llegue a puerto antes que la tormenta se desate y barra con todo.
Y en noches como esta, ellas encienden la hoguera que ahuyenta bichos y otras alimañas.
Y antes del amanecer danzan en honor mío y de mi sangre para conjurar oráculos favorables en nombre del ánima que mueve mi vida.
Anónima, discreta, simple, humilde vida.
En el nombre del Padre de todas las cosas.
Del Hijo que soy.
Y el Espíritu que anida dentro.
En el ciclo donde estoy.
El mismo que abandonaré cuando se toquen las puntas del aro del tiempo.
Y me convierta en rayito de luz camino de La Fuente.
Me sumo a la danza tomando sus dedos añosos y sabios.
Chispas que alcanzan las copas de los árboles del recuerdo.
Crujido de ascuas quemando el pasado.
Espejismo, solo espejismo.
Mi cráneo es un manicomio, lo se, pero ahora todos duermen.
Bajo el humo protector.
Las montañas del norte.
El mar del sur.
Y yo.
¿Qué hago despierto?
miércoles, 11 de agosto de 2010
Antes de la tormenta
El sueño es una nube atrapada entre los árboles. Estoy despierto, es madrugada y no hay manera de soltar las amarras y descansar.
No ocurre siempre pero, hay noches que la bóveda del cráneo se asemeja a un planetario y las ideas y recuerdos brincan y corren como enfermos de un manicomio donde el nombre de su director abre la lista de pacientes bajo tratamiento.
Cuando esto pasa, la cama se llena de espinas y ni la acompasada respiración de mi hermosa pareja, corriendo desnuda por paisajes propios y profundos, logra el milagro de quedarme horizontal, como manda la tradición y el buen dormir.
Siempre me queda el cielo de la noche, las montañas que dan al norte de donde baja una brisa fresca con olores vegetales y el mar desparramado hacia el sur como animal vivo y misterioso que no cesa de moverse inquieto hasta encontrar la calma en una playa de grandes rocas muchos cientos de kilómetros, tirando recto desde el balcón de casa, en Argelia, donde tal vez otro noctámbulo se fuma un pitillo en aquella orilla imaginando cómo será el vecino español que tiene en frente, más allá del ángel tutelar que extiende velos de algodón sobre la rosa de los vientos.
La misma rosa de la que soy hijo. La que gira y gira como peonza. Aspersora, inmensa.
Regando gotas de nuestra existencia como abono cósmico en la Tierra.
La misma que siento bajo los pies gritando que me quiere.
Tengo muchas madres bajo la piel. Muchas abuelas recordándome buenos modales.
Mirando mi obra a través del cristal de los espejos.
Marcando el tono de los pasos en los pasillos del destino.
Desplegando velas invisibles para que cada día burle las brújulas y llegue a puerto antes que la tormenta se desate y barra con todo.
Y en noches como esta, ellas encienden la hoguera que ahuyenta bichos y otras alimañas.
Y antes del amanecer danzan en honor mío y de mi sangre para conjurar oráculos favorables en nombre del ánima que mueve mi vida.
Anónima, discreta, simple, humilde vida.
En el nombre del Padre de todas las cosas.
Del Hijo que soy.
Y el Espíritu que anida dentro.
En el ciclo donde estoy.
El mismo que abandonaré cuando se toquen las puntas del aro del tiempo.
Y me convierta en rayito de luz camino de La Fuente.
Me sumo a la danza tomando sus dedos añosos y sabios.
Chispas que alcanzan las copas de los árboles del recuerdo.
Crujido de ascuas quemando el pasado.
Espejismo, solo espejismo.
Mi cráneo es un manicomio, lo se, pero ahora todos duermen.
Bajo el humo protector.
Las montañas del norte.
El mar del sur.
Y yo.
¿Qué hago despierto?
sábado, 20 de marzo de 2010
domingo, 3 de enero de 2010
2010
Enero abre sus puertas y deja entrar un año vestido de dudas y también buenos augurios.
La razón y la pasión pujan desde los marcos para otear la niebla que flota sobre la senda de 2010 recién nacido.
Lo que ocurra de ahora en adelante será, en gran medida, resultado de nuestros actos.
2010 puede ser un buen año a pesar de: la crisis, el desempleo, la tarifa de consumo, el terrorismo, hacienda, la gripe, los políticos, el trafico en hora punta, las hamburguesas, la tele basura, el hambre en el mudo, el cambio climático, la delincuencia, los huracanes y un sin fin de otras calamidades.
Porque nada puede con la luz que late en los corazones. Ni hay fuerza que apague el resplandor que ilumina la oscuridad de otras cosas. Hemos despertado del sueño del consumo y nuestro espíritu crítico nos ayuda a discernir entre la madeja de estos tiempos donde anida la bondad y el buen hacer humano en un planeta enloquecido.
Deseamos que nada nos corrompa, que la fe en las personas no decaiga, que los niños sigan siendo la esperanza de un mañana mejor, que los ancianos no partan sin haber dejado el tesoro de su experiencia en nuestro recuerdo consiente, que las guerras lejanas y cercanas apaguen sus ecos, que la armonía equilibre los hogares bajo el cálido manto del amor incondicional por las grandes y pequeñas cosas. Que al decir “Te quiero” pongamos una piedra más en el puente de la sinceridad, que mirarse a los ojos sin miedo sea parte del día a día y buscar la felicidad no sea una utopía sino un Derecho Humano amparado por el sentido común universal.
Deseamos un 2010 mejor que el año 9. Pero sobre todo, que os cuidéis mucho para vivir este ahora que nos ha tocado y, llegado el momento, despedirle con un guiño cómplice y un pañuelo al viento sobre las lozas del anden de los trenes del olvido pues tenemos por delante... ¡toda una vida!
jueves, 28 de mayo de 2009
Regreso a la tierra
Vuelvo de lejos. De esos lugares interiores inmensos e insondables. Hubo cambio de estaciones bajo la piel del pecho y las grietas que dejó la nieve fueron cubiertas por el deshielo de los recuerdos reacomodados. Regreso al Hoy en un Ahora más parecido a un despertar luego de un coma que a otra cosa.
Mientras tanto vi correr los trenes del tiempo a solas con las noticias de un planeta hermoso y terrible que amo con agridulce inquietud.
Y traigo en la vuelta algo más de paz entre las venas. No mucha, tampoco hay que exagerar, pero me fui para volver de nuevo en otro rostro y otro ritmo.
Sigo la crisis en directo, oliéndola, tocándola, escuchándola en las historias personales de gente cercana. Y nada puedo hacer más que sobre vivir trabajando mucho y llegando molido a la ducha al final de la tarde.
C. sigue siendo refugio y manantial y su presencia a mi lado en los instantes que preceden el sueño es lo más parecido a la felicidad.
Y eso es lo importante. Lo que me hace seguir y confiar el ella, el universo y en mi.
¿Es poco? No, es mucho en la aritmética del amor y los misterios del sentimiento.
miércoles, 4 de febrero de 2009
Gaviota
martes, 3 de febrero de 2009
Visión desde otra orilla
He vuelto del trabajo con la sensación agridulce de un país en crisis. A veces no quisiera ser testigo privilegiado del drama que sufre tanta gente. Hoy llegué temprano a una importante empresa que fabrica componentes electrónicos desde hace muchos años. Sólida y con una cartera de clientes envidiable, dicha empresa ha tirado a la puta calle a más del 80% de la plantilla y los que quedan trabajan con la desazón atada a los tobillos del corazón. Sus andares reflejan la incertidumbre del momento, el cuerpo es el espejo del alma y no contestaban a mis saludos de buenos días como si sus mentes estuvieran en otro lugar que imagino con forma de cola del paro.
La lluvia y algo de niebla complicaron la autopista y el humor de los conductores. Hay muy mala leche en el aire en el día en que la cifra del desempleo subió a tres millones trescientas mil criaturas, un millón de ellas sin prestaciones económicas por haberse agotado la de la seguridad social. Se destruyen más de seiscientos puestos de trabajo al día y eso es aterrador.
Las empresas farmacéuticas hacen su agosto por culpa del consumo de pastillas jalonadas por la depresión y sus consecuencias en el cuerpo y salud de la gente.
En medio del caos, viajando de un micro universo a otro que son las entrañas de las empresas que controlo, a veces siento algo de vergüenza por mi estabilidad laboral. No hay paro en el horizonte de la multinacional para quien trabajo, ella está en la orilla privilegiada de los poco que van sorteando el temporal con las velas deshilachadas pero sin hundirse.
Y qué decirles a esos que llegan a casa sin saber qué habrá mañana, qué llamada al despacho del jefe les torcerá la vida, qué sobre con el finiquito le espera al final de la jornada y al siguiente amanecer quedarán en casa bajo la despiadada miradas de los espejos.
Sólo me gustaría decirles que tengan fe en ellos mismos, que seguramente sus vidas han tenido otros naufragios y este es uno más aunque la fatiga les marque el rostro, que no se odien ni sean crueles consigo. Qué siempre escampa aunque dure mucho el temporal y temamos morir de gripe. Que no vean a la vida como su enemiga. Ella, la vida, es una ola que pasa y sigue. El mar es grande. Pero el ser humano también.
lunes, 2 de febrero de 2009
Banderas heladas
Bajo el frío y la nieve se reunieron, en la Puerta del Sol de Madrid el pasado domingo, una multitud pidiendo el fin de la dictadura en Cuba 50 años después de la llegada de Fidel Castro al poder sobre una nube de esperazas jamás cumplidas de un pueblo que confió y derramó sangre a favor de un cambio que no llegó.
Para mí lo esencial está en el mensaje y lectura de la manifestación en si misma. Primero por el esfuerzo de estar físicamente en la capital bajo condiciones extremas de clima abogando por una causa que está muy lejos si se mide en kilómetros y muy cerca si miramos dentro de los corazones. Cuba es y será fuente de reflexión y polémica pues ocupa un margen importante de la emotividad hispana hasta el punto de polarizar dramáticamente los puntos de vista y el color general de las manifestaciones. La ausencia indecente de la izquierda española en la petición de democracia para la isla deja abierto el debate sobre la naturaleza de las entrañas de la ideología de izquierdas en el estado español.
Las contra manifestaciones a favor de Castro en Madrid y Barcelona donde la mano y los recursos de la embajada cubana se hacían notar, dejó al descubierto uno de los matices más indecentes de los progres de este país: quieren para Cuba aquello que odian que ocurra en España. No son personas estúpidas o desinformadas, hay nivel e incluso fortunas ganadas gracias al capitalismo que detestan. Hay anti americanismo e hipocresía porque saben, y lo saben bien los de IU y compañía, que en Cuba ni hay libertad de palabra, opinión, movimiento, economía, sindical, política, jurídica, ni de prensa, comunicación y religión. Pero están ahí, bajo el frío y la nieve, gritando a favor de esa realidad totalitaria, eso si, en una lejana isla del caribe, no en sus cuentas bancarias, ni en sus viajes con pasaporte europeo, ni en su derecho a entrar donde quiera a dormir o tomar algo, no en el derecho a montar un negocio aunque sea de fabricar escobas. Y gritan y patalean sobre la escarcha de la tarde para que aquella pesadilla continúe y las putas de la Habana les sigan saliendo baratas.
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